“En los sesenta Europa aún olía a pólvora y horno crematorio”

“En los sesenta Europa aún olía a pólvora y horno crematorio”

Javier Ibarrola publica “Pound” (Editorial Menoscuarto), una historia con la Segunda Guerra Mundial como trasfondo que transcurre entre Berlín, Roma y Nueva York.

La fotografía que ilustra la portada de Pound, la primera novela del arquitecto Javier Ibarrola, está sacada en 1931 por Alfred Eisenstaedt. En ella aparece una niña en su primera lección de baile clásico, junto a su profesora y a un conjunto de niñas que la observan. “Cuando vi la foto pensé que la cría podía haber sido María, la niña de la que se hubiera enamorado Joseph Pound, el protagonista de la novela. Y me pregunté sobre cuál habría sido la vida de aquellas niñas, las ilusiones que tenían, lo que tuvieron que padecer, si acabarían participando en la guerra, sufrirían la invasión soviética o el levantamiento del Muro. No entendía cómo Berlín, la sociedad más desarrollada de Europa, pudo caer en la barbarie y quedar prácticamente demolida”.

La novela nació de una casualidad. “Participaba en un taller de escritura creativa en la asociación Alea Bilbao y presenté esa semana un cuento sobre un fotógrafo, Pedro Zúñiga, que visitaba a un escritor que había estado en Berlín en los años de la guerra y que tenía el delirio de haber recibido el Nobel. Poco después escribí otro relato en el que contaba el encuentro en Roma entre un chico y su antigua novia. Se me ocurrió casar ambas historias, que la mujer fuese pariente del escritor… En realidad no sabía muy bien hacia dónde iba, escribía con cierta incosciencia porque conocer el final de la novela me hubiera resultado aburrido”.

Fue el inicio de Pound, la historia de un escritor que emigra a Estados Unidos tras levantarse el Muro en 1961 y que convalece en una residencia junto al italiano lago Como. Las charlas entre Zúñiga y Joseph Pound servirán para desvelar el secreto que ha marcado su vida. “Me interesaba que se viera el contraste entre la visión estética y algo frívola del fotógrafo, reflejo de la sociedad en la que vivimos en la que cualquier mínima distorsión parece un cataclismo, y la de Pound, en la que de pronto todo desapareció. Yo nazco en 1962, sólo diecisiete años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial, cuando en Europa aún olía a pólvora y a horno crematorio, una circunstancia de la que nunca había sido consciente y que la novela me permitó entender. Somos una de las primeras generaciones que no ha tenido miedo a que todo a su alrededor se destruyera”.

La historia de Joseph Pound permite a Ibarrola hablar sobre el Berlín prebélico, sobre la guerra o el levantamiento del Muro, pero también sobre el ambiente neoyorquino que años después “alumbraría el nacimiento de los hipsters, los hippies… Los sesenta en Nueva York era una época que inicialmente me resultaba aburrida, frente a otras cuestiones presentes en la novela que siempre me han interesado: la Segunda Guerra Mundial, la fotografía, la arquitectura… Documentarme sobre la ciudad a la que habría emigrado Pound fue una de las experiencias más bonitas de escribir. Y la época me acabó por fascinarme”.

Una fascinación parecida a la que también siente Zúñiga al conocer a Pound. “Aunque de quien se prenda Zúñiga es de la sobrina del escritor”, apunta Ibarrola con una sonrisa. “Quería reflejar la incosistencia del mundo de una persona de hoy frente a la de aquel que carga con una culpa permanente. Me interesaban las consecuencias del pasado en nuestra vida, en concreto en la de este escritor cuyas acciones de juventud siguen latentes en él frente a un Zúñiga al que sólo preocupa la muerte de su perro o los amores con su ex novia. En la sociedad de hoy echo de menos el reconocimiento del papel que cada persona ha tenido en la historia, ya sea en la Alemania nazi o en la Euskadi de los últimos cincuenta años. Todos desempeñamos un papel, pasivo o activo, que nos afecta de una manera u otra”.

Considera que la publicación de Pound ha sido un éxito conjunto, que comparte con los compañeros y profesores de Alea Bilbao. “El taller me permitió escribir lo que me apetecía. Llevaba capítulos que no eran conexos, que lo mismo transcurrían en Roma que en Nueva York, o en la batalla de Berlín, historias que luego se fueron relacionando. Lo que dota de unidad a la novela son sus personajes. Luego, una vez publicada, he visto a la gente leerla de forma unitaria y eso le ha permitido tener una perspectiva más global. Escribí sin presión, algo que me ayudó a hacer lo que quería”. Ahora, sin embargo, dar forma a la segunda novela le está resultando más complicado. “Y no porque deba superar una cifra de ventas o cosas por el estilo…; pero es que ya sé cómo se hace, y no puedo dar rienda suelta a lo que quiero sin caer en paralelismos con la primera o sin una cierta sensación de responsabilidad”.

Entrevista aparecida en el suplemento cultural “Pérgola” del mes de mayo escrita por Álex Oviedo. La fotografía es de Miguel San Cristóbal.

Por | 2018-05-25T14:46:15+00:00 22 mayo, 2018|Entrevistas, Noticias|Sin comentarios

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