Niebla

Niebla 2018-09-10T09:06:24+00:00

Project Description

Nuestros relatos

Niebla

En Tarrueza somos pocos, no más de doscientos vecinos en lo alto de Laredo. Nos gusta levantarnos muy de mañana y contemplar el verde de nuestras campas alfombradas por la hierba; luego, con la mirada perdida en el horizonte, descubrir el mar, su belleza, su tono azul o verde, dependiendo de como esté el cielo. Tenemos la costumbre de respirar fuerte y, así, pensar que todo lo que vemos es nuestro, simplemente por eso: porque lo vemos, porque lo respiramos. Es lo que siento cada día y, aunque no lo he hablado con nadie, sé que es una sensación que comparto con más gente. A nuestros pies, el mar, desde la playa hasta muy lejos; arriba, el cielo y, en medio, Tarrueza. Aquí vivo yo, ya soy mayor y nunca me he querido ir. Ni siquiera la tercera vez que me visitó la niebla…

Siempre me ha perseguido la niebla; o yo la he perseguido a ella. No lo averiguaré nunca. Estuvo conmigo el día que vine al mundo, como contaba mi madre, a quien únicamente una perra la había asistido en el parto.

–Tu padre había ido a buscar al médico hasta Laredo y yo me quedé en la casa con tu hermano mayor y con Lucera. Pero por la mar entró la niebla, una niebla espesa que no dejaba sitio ni siquiera al aire. Se hizo de noche, aunque eran las tres de la tarde. Habían pasado dos horas, la nube no se despegaba del suelo, y nadie llegaba a la aldea. La primera fuiste tú, llegaste a Tarrueza antes que don Hipólito, el médico. ¡Cómo se excusaba, el pobre, mientras acariciaba a Lucera! ¡La dichosa niebla!, decía. La perra no había dejado de lamerme la mano durante todo el parto. Luego te lamió a ti. ¡Qué horror!, fue lo primero que dijo tu padre. Tu hermano, con dos añitos, miraba todo y lloraba.

También quiso acompañarme en mi Primera Comunión, ¡así es la niebla! Comulgábamos juntos siete niños, celebraríamos con un gran desayuno de chocolate y picatostes el recibir por primera vez a Jesús; llevábamos en ayunas más de tres horas. Todos vestidos con nuestras mejores ropas, esperábamos nerviosos a don Segundo, el párroco, pero éste no aparecía.

Había ido con el taxista del pueblo a buscar a Juanfran, un niño cojo que vivía en un caserío apartado. El coche se había salido de la carretera, por no llamarle camino. ¡La dichosa niebla!, había dicho el cura al llegar, pasadas las doce. Don Segundo era bueno y le gustaban mucho los niños. Nos dispensó del ayuno obligatorio y lo primero que hizo fue bendecir las mesas para que todos devoráramos los ya maltrechos dulces. Nuestras madres añadieron quesadas y hojaldres, que aquí llamamos “sacristanes”. Al final de la tarde todos comulgamos; se había levantado la niebla.

Hubo una tercera vez en que ese humo gris, que todo lo confunde, se cruzó en mi vida. Fue el día de mi boda, un soleado nueve de octubre de mil novecientos sesenta. Hacía una mañana preciosa, con la luz y el color del otoño. A primera hora, nadie hubiera imaginado cómo iba a terminar el banquete. Salí de casa vestida de novia, apoyada en el brazo de mi padre. Llegué feliz a las puertas de la ermita de Santa Ana, en el altar me esperaba Pablo. Habíamos elegido ese sencillo lugar porque fue en su romería donde nos conocimos. Es una fiesta preciosa, sobre todo “la bajada”, una procesión de la imagen desde la ermita hasta la plaza del ayuntamiento. Es todo en cuesta y la gente va bailando detrás de la santa. Se forma así una alegre cadeneta donde pueden verse abuelas, niños y hasta perros danzando. Pero ahora eso no importa. Lo que quiero contaros es otra historia.

Después de que don Segundo bendijera nuestro matrimonio con una corta oración, era muy majo -creo que ya lo he dicho-, lo celebramos comiendo en una mesa muy larga y muy blanca bajo la parra de la fonda. Luego, más tarde, bailamos en la pista de bolos, que es donde siempre se baila. Allí estaba Pablo, mi marido, contento y ya sin corbata, cuando de repente se escuchó un sonido hueco y seco que todos reconocimos. Llegaba a nosotros la sirena de un barco perdido en la niebla. Miramos hacia la mar, pero no pudimos ver más que un fino velo de bruma que avanzaba cubriéndolo todo. La bocina con su tono bajo, casi sordo, nos atenazaba. Tuve un presagio. Las campanadas del templo de Santa María pidiendo ayuda interrumpieron mi pensamiento. Bajaron los hombres, yo quería que Pablo se quedara, pero se acercó y me dio un beso, acompañado con un “te quiero”. Luego se perdió en el humo. Pasaron las horas. Aunque no se veía nada, esperé asomada a la ventana. Seguía vestida de novia. No pensaba moverme hasta ver a Pablo, sin embargo divisé tres sombras abatidas entre la niebla, eran tres hombres: don Segundo, mi padre y mi hermano… Yo me aferré a la ventana.

La autora

Arantza Gorordo

Nací en Bilbao en 1957.

Pronto me fui a Madrid y, más tarde, a muchos otros sitios; de todos guardo recuerdos.

Estudié “Historia” en la Complutense. Me casé y tengo tres hijas.